El acto educativo, se concibe como un proceso en el que autor principal no es el docente,sino el estudiante en el sentido que éste construye su proceso por supuesto, mediado por el docente.
En pleno siglo XXI, podríamos decir que el acto educativo se convierte en un gran reto, y digo reto, parece que sistema conductista-tradicional aun no ha salido. El docente ya no puede seguir actuando así, debe propiciar el conocimiento, debe exigirse más y más para hacer el cambio. El docente de este siglo debe ser humano para comprender las diferentes facetas por las que pasan sus estudiantes, comprender, ser accesible, no un dictador.
La sociedad del futuro exigirá al docente enfrentarse con situaciones difíciles y complejas: concentración de poblaciones de alto riesgo, diversificación cultural del público escolar, grupos extremadamente heterogéneos, multiplicación de diferentes lugares de conocimiento y de saber, acceso a puestos en forma provisoria, rápidas y permanente evolución cultural y social especialmente en los jóvenes en quienes existe la sensación que no hay futuro y una suerte de pérdida del sentido del saber o el aprender.
Sabemos que la presión creada por la aceleración de los procesos sociales en la vida contemporánea lleva a un torbellino de innovaciones, pero hay que evitar que las concreciones carezcan de sentido e impregnen a la actividad docente de un carácter provisorio indeseable por la precariedad de conceptos, métodos, actividades y recursos.
Para comprender el sentido y las dificultades estructurales de la propuesta de la profesionalización de los docentes hay que determinar cuáles son las exigencias que esta transformación exige, ya que una profesión es una combinación estructural de conocimientos acreditados mediante títulos, autonomía en el desempeño, prestigio académico y reconocimiento social.
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